Blog — 22 septiembre, 2014 at 16:20

When the summer ends

¡Amigos eventonizados, cuánto les he echado de menos!

Ahora que acaba el verano quiero comenzar este post informándoles -en modo blog- de algo que ustedes ya saben: Hay veranos y veranos.

Hay muchos en los que uno disfruta como nunca y hay otros que te desgarran el alma. Así es la vida. Cambios y más cambios. Lo importante es saber poner la mente en blanco, o bien, dejar que la cosa fluya como de si de agua por un tobogán se tratara. Saber esperar a que tu mente decida que ha llegado el momento de empezar a funcionar: y ahí sí, reiniciar, reconstruir, poner ladrillos. Da igual como lo quieras llamar. Volver a la vida real, al menos a algo que se parezca a lo que era tu vida real.

¿Por qué les cuento todo esto? Francamente, no lo sé. Pero hace cosa de un mes y medio sí supe que la reiniciación de la actividad en septiembre debía ser una entradita sobre lo tristes que nos ponemos cuando se acaba el verano. Por eso lo he titulado ‘When the summer ends’. Espero que les guste, a pesar de que se trata de un texto que no me ha hecho sentir especialmente cómoda. Tampoco es propio de lo que suele ser mi cosecha, pero en este caso, han habido necesidades vitales que han estado por encima de no hacerlo.

Quizás este escrito venga también de ese momento en que te vas a la cama y de repente la cabeza empieza a funcionar a mil por hora. Se te ocurren ideas, proyectos, tantos y tan buenos que hasta los creas y los ves funcionar en sólo minutos. No entiendes nada. De repente estás en el futuro, pero… ploffff… a la mañana siguiente, apenas recuerdas algo coherente. Solo recuerdas que tu mente estaba como una olla a presión.

¿A qué se debe esto? Muy simple. Se debe a que tú quieres volver a estar como antes o como eres; reconocerte en definitiva, pero hay algo que te lo impide.

Pues de ese impedimento va este texto…

No hace falta tampoco que les diga que mi corazón primero y mi pensamiento después han depositado una parte de sus existencias en la comunicación. Es también una verdad como un templo que he necesitado que pasen muchos ‘ayeres’ para escribir esto. Algo, como expuse antes, necesario; sobre todo, cuando uno decide enfrentarse a la hoja de word (press) en blanco y escribir. Solo escribir. 

Supongo también que el consumo cada vez mayor de Bucay, Hesse, Osho, mi salvadora y pragmática Patricia Ramírez, el complejo pero no menos providencial Punset o Goleman hacen su efecto y, aunque con estilos tremendamente distintos, todos recomiendan esto de escupir en una hoja sentimientos ahogadores y asfixiantes… ¡Que no publicar eh!

No se me confundan, que no todo el mundo está preparado para escribir de una forma atractiva y sugerente, y sin embargo, el Facebook (por mencionar una sola red) está repleto de las emociones diarias de prácticamente una tercera parte de los habitantes de este planeta. Cualquier día de estos se cae del aire y nos abre la cabeza con tanto mal rollo. ¿O no?

Bueno, a lo que iba. Desde pequeña he amado el verano. Mucha gente lo sabe. Pero éste ha sido un verano bastante ‘ruso’ en cuanto a emociones se refiere. Aunque no todo ha sido malo. He saboreado un verano casero, de sofá, de lectura, seriéfilo como nunca, de un interiorismo hondo; pero por encima de todo, ha sido un verano de conocerte vulnerable y pusilánime. Digamos que me he conocido como “nadie me conoce”.

Y menuda paz otorgan etapas así.

Aprender de verdad lo inútil que resulta mostrarte fuerte cuando no lo estás, decisiva cuando no lo estás, habladora cuando no lo estás, alegre cuando no lo estás, empática cuando no lo estás o resolutiva cuando no lo estás. Ni siquiera, buena amiga cuando realmente no lo estás.

Hay momentos en los que uno está para sí mismo y para nadie más. En esa fase contemplativa, medio analítica, de desorientación e incertidumbre, de horas que pasan mirando un techo sin querer levantarte. Sin querer en realidad nada. Solo aceptas la imperturbabilidad de ese estado de nada irreconocible, en el que la única pista que tienes de que eres tú, es que sigue habiendo vida, pues late un corazón (más intenso incluso).

Entras en un ahorro energético que antes no tenías. Lo empleas en una fase de observación interior y exterior en la que, a pesar de no querer, lo ves todo como si tuvieras una lupa delante: cosas, personas, paisajes, comportamientos, situaciones…

Pasan los días y sigues sin reconocer ni un solo elemento de tu vida anterior. Tu oído se agudiza y escuchas todavía más, escuchas hasta lo que no oyes bien. Miras a los demás y absorbes por los cinco sentidos esa sapiencia de reconocer quién es feliz y quién no lo es. Te sientes tan profunda que sabrías dar exactamente el consejo más urgente y acertado a alguien que lo necesita, pero no lo haces.

Lo único que haces por ti es asimilar que tu mente se ha ido de vacaciones lejos, muy muy lejos, y te ha dejado en tu nuevo universo de protozoo cargado de sinsentido.

Comprendes con el paso de los días que te has convertido en una especie de ser vivo, aunque el corazón lata más fuerte. Un ser que entrando en fase REM nota de repente que el agua que brota de sus pupilas alcanza su boca y le despierta. Solo en ese momento comprende el significado de llorar, pero de verdad y desde tan dentro que cuando asimila ese pensamiento siente que el corazón se le encoge. Nota físicamente esa presión bajo el pecho. Y, una vez más, solo en ese momento, entiende de verdad lo que es la tristeza y el embargo.

Aprendes la importancia de la comunicación no verbal. La que brota del cuerpo sin pedirte permiso. Esa comunicación que penetra a través de la gestualidad y que siempre consigue un efecto infinitamente más creíble que lo que expresamos a través de la palabra. Somos mentirosos hasta con nuestro propio cuerpo.

Compruebas esa veracidad en lo que los demás ven de ti y te alegras de esa sensación inequívoca de que por mucho que intentes levantarte, poner una sonrisa y hacer como si nada hubiera pasado, lleguen a ti personas que te dicen que “todo pasará y cada día estarás mejor”. Pero tú no dices nada, no respondes. Te quedas callada en tu nueva zona de confort, que es ese estado de nada irreconocible.

No puedo contarles más. Me apetece terminar.

Tras este desnudo místico, parafraseo un párrafo subrayado hasta la saciedad en uno de mis libros preferidos: La crisis es la mejor bendición que puede suceder a personas y países. La crisis trae progresos. La creatividad nace de la angustia, como el día nace de la noche oscura. Es en la crisis donde nace la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias. Quien supera la crisis, se supera a sí mismo sin quedar superado” (lo dijo -quien sabe en qué momento- Albert Einstein).

¡No se dejen engañar! Las crisis existenciales existen. Llegan y ni las hueles, pero arrasan con todo. Son duras, largas, oscuras, escarban dentro de ti hasta que te vacían por completo.

Dicen por ahí que se sale de ellas.

Un texto de María Ameneiros (@ameneirosm)

 

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